El deseo de sentir sus besos me saca de mí misma,
me desubica, me dispara y me proyecta,
me hace mentir, inventar algún compromiso para verlo a escondidas,
me desordena mi ser y me hace ser caprichosa,
me siento libre, sensual y pícara a la vez.
El deseo que su piel me provoca, me lleva a abrir mi mente,
no reprimirme, disfrutarlo sin miedos, sin remordimientos,
me sorprende cuando tiemblo solo de imaginarlo cerca.
Quiero verlo pronto...
esto comienza a ser adictivo.
Lo disfrutaré mientras dure,
saldré a hurtadillas a su encuentro y me rendiré ante él,
este secreto es solo mío y suyo,
y no habrá nadie más.
Esto que él me hace sentir hizo renacer en mí
a la mujer apasionada que dormía dentro de mí
esperando justo sus labios, sus manos, su cuerpo.
Jamás imaginé que otras manos tocarían mi piel y me harían sentirme tan plena
pero sus labios humedecieron los mios de deseo.
He pecado, he sucumbido a una tentación,
la penitencia a este delicioso pecado:
El Recuerdo de esos momentos, que tortura!
Recuerdos de un ser maravillosamente tierno y apasionado
que provocó en mi tantas reacciones pero...
¡Ya no está!